Hay rubias y rubias

18 de agosto de 2007


Hay rubias y rubias, y en estos días la palabra rubia es casi un chiste.

Todas las rubias tienen algo bueno, quizás con la excepción de las rubias metálicas, que bajo el tinte son tan rubias como un zulú, y cuyo carácter es tan blando como una acera.
Está la pequeña rubia guapa, que pía y gorjea, y la gran rubia escultural, que te pone en tu lugar con su gélida mirada azul.

Está la rubia que te mira con reverencia, perfumada y reluciente, que se cuelga de tu brazo y siempre está cansada, muy cansada, cuando la llevas a casa. Hace ese gesto de indefensión y tiene esa maldita jaqueca, y tú tienes deseos de darle un puñetazo, pero te alegras de haber sabido lo de la jaqueca antes de haber invertido demasiado tiempo, dinero y esperanzas en ella. Porque la jaqueca siempre estará ahí, un arma que nunca pierde su eficacia, y es tan letal como una daga o la ampolla de veneno de Lucrecia Borgia.

Está la rubia suave, dispuesta y alcohólica, a la que no le importa lo que viste, siempre que sea visón, o a dónde va, siempre que sea el salón Bajo las Estrellas y haya mucho champán.

Está la rubia pequeña, vivaz, algo pálida, que quiere pagar lo suyo y rebosa buen humor y sentido común, y sabe judo desde que era adolescente y puede proyectar a un camionero por encima del hombro sin perderse más de una frase del editorial del Saturday Rewiev.

Está la rubia muy, muy pálida, con un tipo de anemia que no es mortal pero sí incurable. Es muy lánguida y misteriosa, y habla quedamente, como si se hubiera esfumado, y no puedes ponerle un dedo encima porque, en primer lugar no te apetece y, en segundo, está leyendo Las tierras baldías, o a Dante en original, o a Kafka o a Kierkegaard, o estudia provenzal. Adora la música y, cuando la Filarmónica de Nueva York toca a Hindemith, puede decirte cuál de las seis violas entró un cuarto de compás demasiado tarde. He oído que Toscanini también puede hacerlo. Ya son dos.

Y finalmente está la mujer maravillosa, que sobrevivirá a tres grandes mafiosos y después se casará con un par de millonarios, a millón por cabeza, y terminará con una villa color rosa pálido en Cap d´Antibes, un sedán Alfa Romeo, completo con piloto y copiloto, y una cuadra de aristócratas gastados, a quienes tratarà con la cariñosa indiferencia con la que un duque anciano le da las buenas noches a su mayordomo.

Es, otra vez, El Largo Adiós, de Raymon Chandler.
Así se escribe, pardiez.

Magistral.

3 comentarios:

Paco Torres dijo...

Por eso yo las prefiero morenas... Me lío con tanta variedad ;-P

Javier F. Barrera dijo...

Me da a mí que estás exagerando conb tus líos....

Javier F. Barrera dijo...

Me da a mú que estás exagerando conb tus líos....

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