Periodismo: Testimonios para construir un recuerdo

1 de mayo de 2011

Dos preguntas:
¿Qué es un bulanico?
En Granada y Jaén le llaman bulanicos a lo que en Donosti llamamos 'brujas' o 'sorginas'. Son las esporas, las bolas de polén que flotan por la ciudad en primavera. Aparecen y desaparecen pero están presentes. Son leves, imposibles de coger con la mano, porque te esquivan. Son blancas, inmaculadas. Así dice una gitana vieja que era el niño Alejandro. Cuado lo escuché de su boca, tras tres días con ellos, me di cuenta de que me estaba dando toda la historia, más allá del titular. Porque se podía partir de la frase para construir un retrato de lo que estaba pasando. Una especie de foto fija del dolor, de la incomprensión, de lo irracional, del Mal. Solo con las palabras de ella un tipo como yo puede escribir sobre un niño (presuntamente) asesinado. Me siguen ¿verdad?

Voy a dedicar este post a un tipo que sin él mucho saberlo me insufló ánimos en unos momentos en los que yo andaba regulín. Fue capaz de darme confianza en mí mismo y logró convencerme de que algo de talento anidaba dentro de mí. Ahora, que ha pasado mucho más de un año, es el momento de darle públicamente las gracias. Así que, querido y estimado Maese Pepe Cervera, gracias.


«Alejandro era como un bulanico»
Dos familias y un barrio completo quedan marcados por la muerte de Alejandro, un niño de 6 años

El miércoles 27 de abril de 2010 entra en las vidas de una multitud de personas que recuerdan al pequeño lleno de cariño, amor por sus padres y que siempre jugaba al fútbol

:: J. F. B.
GRANADA. Un niño ha muerto. Es un crimen. Ahora hay que determinar los culpables. Queda una familia destrozada, una barriada que pide justicia y otra familia con la marca de la sospecha sobre su estirpe. Los primeros se han quedado sin su hijo Alejandro. Los segundos viven atemorizados en este inmediato presente por un mal que todo contagia y un temor que a todos paraliza. Los terceros llevan la pena en el propio pecado cometido, maldicen en el barrio. El drama tiene tres actos. El primero son los hechos, que construyen el relato. El segundo es el recuerdo, la vida que se fue. El tercero es el futuro, que no se escribirá ahora.

Los hechos
Primer acto. Los hechos. Alejandro Fernández, seis años, toda la vida por delante, murió el miércoles 27 de abril en extrañas circunstancias en la zona conocida como Molino Nuevo del barrio de Almanjáyar, en la ciudad de Granada. La autopsia realizada al cadáver del pequeño confirmó que murió por efecto de la caída, que le produjo un «traumatismo cranoencefálico y una hemorragia interna». El cadáver apareció bajo la ventana del tercer piso en el que vive la niña menor junto a sus padres.

La propia menor ha reconocido ante el fiscal que participó en la muerte de Alejandro. Los padres de esta menor declararon como imputados el viernes ante la juez de instrucción número tres, quien les puso en libertad pero acusados de homicidio.

La defensa particular de los padres de Alejandro anunció que el martes recurriría esta medida para solicitar la inmediata encarcelación del matrimonio, ambos imputados. La niña de doce años se encuentra bajo la tutela de los servicios de la Junta de Andalucía separada de sus padres y fuera de su domicilio en Granada. La menor no tiene responsabilidad penal alguna dado que tiene doce años.

Todo lo que sucedió desde que la vecina del tercero de Alejandro, esta niña de doce años, le dijo «vente conmigo que te voy a dar un coche» hasta que el pequeño cadáver de Alejandro fue encontrado en la calle bajo la ventana del domicilio de esta menor, sigue siendo una concatenación de especulaciones, de ideas, de pasiones, de contradicciones, de querencias, de justificaciones, de hipérboles, de maldiciones y de incógnitas que la justicia tiene ahora que despejar.

Los recuerdos
Segundo acto. Los recuerdos. Alejandro. Seis años. Un niño. Inocente. «¿Qué vas a decir de una criatura así? Era todo risas, nervios, un alboroto», recordaba en el cementerio, momentos antes del entierro del pequeño una abuela que tiene «quince nietos y que le quería como al que más». Esta gente humilde de la zona alta de Almanjáyar es parca en palabras y larga en lamentos. Monosilábica en extremo, cuenta más lo que callan que lo que logran articular entre sus mandíbulas prietas, rígidas por el dolor.

Pedro, vecino de las ahora víctimas, rompe el silencio: «Era un pequeño encantador. Nos quería a todos, con todos jugaba. Con mis hijos se llevaba cariñosamente. Y no se iba con nadie... si apenas salía de la puerta del portal», y acaba llorando la pérdida. Un mozo fornido de 18 años, vecino y familiar de Alejandro, asiente con la cabeza para certificar la versión de Pedro: «Como estos días llovía, estaba en la puerta de la casa y en la escalera, jugando a la pelota. Era lo que más le tiraba. Jugaba con su hermano y sonreía», los ojos verdosos del mozo tornan aguamarina... Aparecen dos gitanas jóvenes, Tamara, que es sobrina; y Mercedes, que es prima hermana. Apenas llegan a la veintena, y en el cementerio, cuando el entierro, tratan de explicar el dolor de la pérdida del pequeño «que nos tenía a todas encandiladas».

Así era Alejandro. «¿Cómo quieres que sea un niño de seis años?», grita una gitana mayor, con las canas recogidas en un moño que luce en torno a la nuca. «Era pre-cio-so. Pequeñito»... y se queda sin palabras. Nunca hay palabras para lo que mejor se expresa con silencios. Se recobra. «¿Has visto cómo es el Justo»? Se refiere al padre de la criatura, menudo, todo nervio, moreno. «Pues tal cual es el padre era el niño». Alejandro era como un bulanico». Y como un bulanico, Alejandro se fue en primavera.

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