Mosquetero, pistolero y pirata.

18 de noviembre de 2007

De pequeño, en mis tiempos, me imaginaba mosquetero del Rey francés, pistolero del salvaje Oeste o pirata del Caribe.

Qué tiempos.

Recorría los parques donostiarras, la playa de la Concha, y su bahía con mi colchoneta.

Nadaba hasta mi isla pirata con forma de calavera que no era más que un gabarrón.

Me hacía espadas y ballestas de madera con los sobrantes de las cajas de embalaje de la quesería Asturiana que había junto al portal del piso de mis padres.

Las ballestas funcionaban fenomenal, con un ingenio compuesto de alcayatas, gomas trenzadas y pinzas de la ropa afanadas a mi madre.

Las espadas eran suficientes, con forma de cruz.

Para el salvaje Oeste se necesitaba algo más que la imaginación pirata o la quesería vecina mutada en armería mosquetera.

Se necesitaban pesetas para comprar un par de pistolones y lograr que los enemigos murieran de un ataque de plomonía (una balacera, vaya).

Sin embargo, ahora que han pasado treinta años, sin renegar ni arrepentirme, me divorcio de pistoleros, mosqueteros y piratas.

Me pido soldado antiguo del Tercio Viejo del Urumea.

Y a matar herejes.

O a pasarse al enemigo.

Eso sí.

Con dos cojones.

Gracias, Arturín.

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