Merece la pena ser periodista

8 de enero de 2012

Rafael de la Higuera Pérez

He vuelto esta mañana a casa tras un fin de semana en el pueblo. He contemplado un atardecer de casi noventa minutos en el que un sol de invierno se recostaba en los olivos de las suaves colinas de la Sierra Sur de Jaén. Son los pequeños placeres que convierten un comienzo del año en un fulgor de buenos presentimientos.

Cuando he abierto el Mac, también he tenido el teléfono apagado durante unas 48 horas, me ha sorprendido que tenía un comentario en este blog (los tengo sometidos a moderación para evitar spam). Muy poca gente se anima a dejar comentarios en mis posts. Sí lo hacen en Twitter, bien dándole bola, bien RT. Y en Facebook y en Meneame. Pero lo que se dice en el blog, nada.

Por eso, cuando hay un comentario doy un respingo. Me hace una gran ilusión, porque los considero una especie de premio. En mi particular escala del éxito, me mola, más o menos y sin pensarlo mucho, por este orden: cuando me lo envían a Meneame, cuando lo comparten en Facebok, cuando le dan un RT, y en primer lugar, cuando me dejan un comentario en el propio post. Todo lo demás, los likes, los replys, los comentarios en el FB y en Meneame o ahora en el incipiente G+ los +1 los agradezco enormemente, pero reconozco que un comentario en el post es lo más y me sabe, no sé, divino.

El post en el que hoy me he encontrado el comentario es antigua, no es algo que escribiera recientemente, y eso, lógicamente, me ha llamado poderosamente la atención. La historia versa sobre un viejo carpintero que vende todo lo que hay en su vieja carpintería: ‘Es tiempo de morir. Se vende un banco por 80 euros’.

El post empieza así: "Me encanta esta historia y la que surgió de ella. Iba paseando por Granada. Era el mes de noviembre. Las ciudades hay que vivirlas y pasearlas. Mirarlas. Iba en dirección a la Facultad de Derecho pero, en vez de tirar por el camino habitual, el que lleva desde la plaza de la Trinidad, me metí por la calle paralela. Una calle angosta, corta y oscura. Una calle fea. Está empanada entre las espaldas del Centro García Lorca (muy avanzado ya, en la plaza de La Romanilla) y la mencionada plaza de La Trinidad. Pero es una calle que como que no existe, sin nombre, sin transeúntes, vacía, olvidada y seca. Pero me metí.


Apenas tiene cien metros y no tiene comercios. Luego me enteraría por qué (durante décadas y décadas fue la calle de las pensiones y las prostitutas. Al menos, una de ellas). El caso es que me encontré con unas puertas de madera escritas con tiza, con caligrafía impecable que dejaban leer: "Vendo banco y herramientas de carpintero, algunas de chapista (como bigonias o colas de milano). Herrajes, baúles...". ¡Coño! Aquí me da a mí que hay una buena historia, pensé. Traspasé las puertas y entré en el territorio de Rafael.

Según iba escribiendo la historia, y también saqué las fotos, me di cuenta que estaba escribiendo sobre la futilidad de la vida. Sobre el pestañeo que suponen ochenta años, sobre la eternidad. Sobre una persona que desaparecerá ya pronto por ley de vida y que al haber tenido hijas y nietas no puede traspasaar la carpintería familiar, de tres generaciones, que desaparecerá con él.

Por eso dice que vende, pero en realidad no lo hace. Lo que quiere es que sus herramientas se vayan con otro, para que un pedacito de él, de su padre y de su abuelo sigan vivos para decir que también ellos vieron "cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión, rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tanhauser... todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. ¡Es tiempo de morir!".

Hoy, al abrir el mail, me he encontrado el comentario de una de sus nietas, que me comunica que el viejo carpintero ha fallecido el 6 de enero. Bueno, fallecer no ha fallecido, su familia le ha escrito un texto precioso, impecable, lleno de sentimiento y metáforas de las que te llegan directamente al corazón y hacen que te broten las lágrimas a borbotones.

Si esto fuera papel en vez de una pantalla, estaría bastante mojado, con goterones salados de los que te salen por los ojos y del convencimiento de que al final, merece la pena ser periodista.


"Buenas Javier:

Que decirte. Nos apasionó tu historia y el leerla de nuevo nos trae muy buenos recuerdos.

Te escribe su hija y sus nietas (en nombre de toda la familia) para darte las gracias por esta historia tan bonita que contaste de nuestro padre y abuelo, un hombre muy conocido y querido por haber dejado huella en esta ciudad de Granada, en concreto en Calle Lucena y alrededores.

Darte la noticia de que ayer, 6 de enero de 2012, a las 19:45, Rafael de la Higuera Pérez, quedó dormido en un sueño profundo dejando tras de sí una estela de historias como la tuya, historias de montaña, historias de madera, de barniz, de serrín, de monedas, sellos, clavos, tornillos, cepillos…

Ahora ha hecho el mayor trueque. Ha cambiado su vida por la eterna tranquilidad. Se ha podido encontrar con su esposa entre nubes que cepillará y estrellas que barnizará. 

Todo el que lo conociera, sabe lo que ha perdido esta ciudad. 

Un gran hombre, un gran ebanista, un hombre de tomo y lomo que nunca saldrá del recuerdo.

Gracias Javier. Muchas, muchas GRACIAS.

Gracias Papá y Abuelo, te lo mereces. 

Paqui, Irene y Andrea".


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Hola a todos, gracias a todos. Y un beso para ese viejo carpintero que me enseñó lo que significa ser querido. 
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Y siempre le daré las gracias a mi amigo Pepe Cervera, aká @Retiario por escribir este post en el momento que más lo necesitaba para reemprender el camino. Gracias Pepe, una vez más.

4 comentarios:

FMOP dijo...

Cuando el periodismo se hace con corazón es cuando merece la pena este oficio,

aberron dijo...

+1

Pilar dijo...

Sí, a veces es mejor que lo leamos en la pantalla porque el papel... se habría quedado manchado de lágrimas manchadas de rimmel... Es lo que tiene la vida... que mancha.
Me ha encantado la historia, me ha encantado el sentimiento, me ha encantado el cariño y el planteamiento de vida.
Sí, merece la pena ser periodista si se pueden vivir y contar noticias como estas.
Gracias.

andrea.cordonbleu dijo...

Soy Paqui, hija de Rafael.

Muchas gracias por haber contestado a esa carta que escribimos.

En ese día tan especial " nos salió del alma ".

Tanto mis hijas como yo te volvemos a dar las gracias y sobre todo Lissuin que está lejos de aquí.

Que tengas un feliz año y sigue escribiendo estas bonitas historias.

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